Nuestro antiguo alumno Raúl Incertis sigue cuidando y acompañando al pueblo gazatí. Raúl nos cuenta la experiencia que están viviendo.

Esto es un campo de prisioneros, una prisión. Parece sacada de una novela distópica, pero es real. Es la mayor prisión, el mayor campo de concentración que haya existido jamás: más de dos millones de presos.
No hay torres de vigilancia con alguaciles, sino drones que hacen ruido día y noche, cuyas cámaras enfocan todo el rato a los presos. Los miran unos alguaciles que están en otro lugar, afuera de la prisión. No sé qué miran, pero el ruido de los drones es muy molesto. Es como tener un cortacésped enorme en el cielo. Es un acúfeno terrible y social.
Tampoco hay guardias que disparan. Bueno, a veces entran, como ahora, con tanques y metralletas, y todo es mucho peor, pero por lo general entran poco, pues aquí todo es incómodo. Desde donde suelen matar los guardias es desde un ordenador al otro lado, con el que tripulan los cuadcópteros que lanzan cohetes. Y también matan los pilotos desde sus aviones, al apretar un botón que lanza una bomba. Muchas. En el mejor de los casos, o en el peor, es una inteligencia artificial la que decide a quién matar, un algoritmo. En el peor de los casos, o en el mejor, a gusto del alguacil. Pero siempre es al tun tun.
Los alguaciles que aprietan estos botones acaban su turno y se van a casa, con su mujer y sus hijos, y los abrazan. Y a sus mujeres les hacen el amor pocas horas después de haber apretado los botones. Nadie les pone las imágenes de lo que han producido estos apretares de botones. Nadie les obliga a ver, como en la Naranja Mecánica, los horrores que han generado. Los cuerpos de niños mutilados, desfigurados, quemados vivos. Los llantos de las madres en los pasillos del hospital. Sus apretares de botones son asépticos, allí, al otro lado. En este lado, en cambio, todo es séptico. Está todo lleno de shocks sépticos, de heridas infectadas y malolientes, de gangrena y de amputaciones. Nadie al otro lado, en el país de los alguaciles, ve las imágenes sépticas, y en España tampoco. A Ursula Von der Leyen y a toda su cohorte de perfumados amigos suyos que les venden armas a los alguaciles, nadie les obliga a ver, como en la Naranja Mecánica, el resultado de sus asépticos cálculos y maquinaciones.
Pero el peor de todos, a quien aquí todo el mundo teme, es al alcaide. Inspira tanto miedo que todos marchan con la cabeza agachada, haciéndole caso sin rechistar, pues si no le haces caso, si te dice que te muevas y no te mueves, o que te quedes quieto y te mueves, entonces manda apretar muchos botones que acaban contigo o con tu familia. Como le pasó a una pediatra que conozco que perdió a nueve de sus diez hijos, calcinados y decapitados, cuando alguien le dijo a alguien que apretara un botón. O quizás fue el algoritmo.
(Raúl Incertis. Hospital Nasser, Jan Yunis, Gaza. 30 de mayo de 2025).
Foto de Raúl con Suleiman, joven gazatí amputado de ambas piernas en un bombardeo.