Un año más, más de mil alumnos y alumnas —desde primero de Primaria hasta cuarto de la ESO— se han terminado el curso de la mejor manera posible, yendo de campamento, saliendo de casa, dejando atrás la rutina y adentrándose en la aventura de convivir, de descubrir la naturaleza, de encontrarse con los demás y también con Dios.
Actividades lúdicas, gynkanas, dinámicas pastorales, rutas, experiencias de todo tipo… repartidas por distintos lugares, y siempre con el mismo espíritu: vivir algo distinto, algo que deja huella. Han participado más de 100 monitores y más de 40 profesores, acompañando con cariño, con alegría y con una enorme dedicación a tantos chicos y chicas que han vuelto con el corazón un poco más lleno y los ojos un poco más abiertos.
En cada grupo, en cada campamento, se ha respirado ese aire tan nuestro: el de la sencillez, la escucha, el juego compartido, el silencio en medio del monte, la oración bajo las estrellas. Porque más allá de las actividades o de los lugares, lo que nos mueve es el deseo de acompañar a cada persona en su crecimiento, de ayudarles a ser más conscientes, más competentes, más comprometidos y más compasivos, niños y jóvenes que dentro de un unos años sean hombres y mujeres para los demás.
Volvemos muy contentos. Porque lo vivido ha sido mucho más que ocio: ha sido una experiencia educativa, humana y espiritual. Y ya estamos, como no puede ser de otra manera, soñando el verano que viene, porque creemos de verdad que esto es importante. Que transforma. Que construye comunidad.
Gracias a todos los que lo hacéis posible. Y gracias a cada uno de los chicos y chicas que se han atrevido a vivirlo. Porque el amor se nota en las obras… y este verano ha estado lleno de ellas.
Os prometemos que en septiembre tendremos un monográfico con fotos de cada una de estas experiencias.
