El encuentro fue emocionante y enriquecedor. A pesar de los rugidos de mi estómago esa mañana —fruto de la prisa— y los inevitables nervios ante una nueva experiencia, la cálida acogida disipó cualquier incomodidad. La reflexión inicial de Vicente, acompañada de una práctica meditativa, nos conectó con el espíritu ecológico e ignaciano que impregnó de energía toda la jornada. Tras esta introducción, repasamos por etapas cada uno de los proyectos ecológicos del centro.
Una pausa estratégica me permitió calmar el hambre con una empanadilla deliciosa, antes de concretar la organización de las actividades. Una vez con el estudiantado en el aula natura, rompimos el hielo con naranjas del huerto, cuyo jugo inundó el ambiente de aromas cítricos. Los dibujos personalizados de Rubén arrancaron risas y relajaron el ambiente durante las presentaciones. La dinámica que siguió, centrada en evaluar el impacto de los proyectos ecológicos tanto en el ámbito del aprendizaje como su aplicación en el día a día, generó reflexiones profundas y espontáneas. Pero el momento más esperado llegó con una paella de verduras espectacular y el picoteo aportado por las familias, todo devorado con entusiasmo.
El broche final lo puso una actividad en l’hortet con pegatinas escondidas que habíamos trabajado en la actividad anterior, que desataron risas y complicidad entre equipos. Entre bizcochos y una lluvia de propuestas, la jornada concluyó con un sentimiento unánime: nos habíamos sentido unidos por una causa común, impulsados por el amor a las personas, los animales y la madre naturaleza. Y si a esto le sumas una buena comilona y conocer compañeros nuevos, ya tienes un día para recordar.
Jaume Pérez Altozano

